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José Altshuler Gutwert

Fecha de la entrevista: 15-6-2005
Nombre: José Boris
Apellidos: Altshuler Gutwert
Fecha de nacimiento: 25/09/1929
Lugar de nacimiento: Melena del Sur, Habana


.............Entrevista................

Entrevista: Lourdes Albo
Cámara y fotos:Tatiana Santos
Trascripción: Lourdes Albo y Lourdes M. Peña

Mis Orígenes

Mis padres procedían de Europa Oriental. Mi padre, Arón Altshuler Bakst, nació en un pueblo llamado Ivye, que hoy pertenece a Belarús y que en los tiempos en que él emigró estaba en manos lituanas o polacas. Mi madre, Ester Gutwert Remba, era oriunda del pueblo de Radzilow, que entonces pertenecía a Polonia y ahora también. Ambos vivían en sus respectivos lugares de nacimiento hasta el momento en que salieron para Cuba.

Mi padre vino a Cuba en 1923 con la intención de trasladarse posteriormente a los Estados Unidos,donde ya residían un hermano y una hermana, puesto que en aquel tiempo existía la posibilidad de ser admitido en EE.UU. después de residir algún tiempo en nuestro país. Pero al año siguiente cambiaron las reglas del juego y él decidió radicarse aquí. El caso de mi madre era diferente por completo, pues vino en 1924 con el firme propósito de establecerse en Cuba, donde creo que ya vivía una amiga. Había decidido emigrar porque estaba convencida de que en su pueblo era tanto el fanatismo religioso antisemita, que estaba convencida de que algún día aquello desembocaría en una gran matanza de la población judía local. Desafortunadamente, su visión resultó profética.

Al llegar a Cuba, mi padre debió desempeñar multitud de trabajos humildes y duros para ganarse la vida. Mi madre tenía algunas pretensiones intelectuales y en cuanto llegó, matriculó en la Academia Pitman un curso de español y otro de taquigrafía, pero no pudo seguirlos por mucho tiempo porque para sobrevivir, desde el principio tuvo que trabajar muy duro en un taller de costura. Mi padre y mi madre no se conocían de antes, sino que se encontraron por primera vez en Cuba. Se enamoraron, y se casaron el 1 de enero de 1929 en Adath Israel. Pasaron a vivir en Melena del Sur, en la provincia de La Habana, donde mi padre tenía una tienda de ropa, pues para entonces ya había progresado económicamente con la ayuda del hermano residente en los EE.UU. Muy poco después llegó para vivir con ellos una hermana menor de mi madre: mi tía Aida.

Aunque no se puede decir que mis padres fueran propiamente religiosos, se casaron por la sinagoga

y mi madre mantuvo su afiliación a Adath Israel hasta que falleció. Está enterrada en el cementerio judío de Guanabacoa, al igual que mi padre y mi tía. Personalmente, nunca fui creyente, aunque siempre he sido respetuoso de los sentimientos de quienes lo son. Nuestros vínculos con la Comunidad Judía eran esencialmente de tipo cultural y de identificación con un pueblo que merecía respeto por haber sabido sobreponerse con estoicismo a las incontables humillaciones y feroces represiones de las que había sido víctima a lo largo de los siglos. En casa, mis padres solían hablarme en Idish y yo les respondía en español. También recuerdo que durante mi niñez mis padres me llevaron algunas veces a presenciar algunas obra de teatro que se daban, creo que en el Centro Israelita.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, nos enteramos de que prácticamente todos nuestros familiares que vivían en Europa oriental habían perecido en el Holocausto. En el caso de la familia de mi madre, los miembros de la comunidad judía de Radzilow fueron encerrados en un granero y quemados vivos allí por los antisemitas colaboradores de los nazis. De la familia de mi padre sólo se salvó un sobrino, que se había hecho guerrillero. Gracias al terrible relato escrito por la hermana menor de mi padre poco antes de morir (que descubrí no hace mucho en Internet), tengo los detalles de cómo murieron a manos de los ocupantes nazis los demás miembros de la familia de mi padre que residían en Ivye.

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Mi Niñez

Yo nací en Melena del Sur el 25 de septiembre de 1929. La crisis económica de los años '30 provocó en Cuba mucha hambre entre la población y la quiebra de muchos negocios, entre ellos, el de nuestra familia en Melena del Sur. Mi padre, mi madre, mi tía y yo nos mudamos en 1933 a la capital, donde alquilamos una habitación interior en una casa de vecindad de La Habana Vieja. Pero no permanecimos mucho tiempo allí, por insistencia de mi madre, que no podía aceptar que nos hubiéramos mudado a una casa en una calle denominada Inquisidor. La caída de la tiranía machadista nos sorprendió viviendo en la propia Habana Vieja.

Al principio, el pan se ganaba exclusivamente con el esfuerzo de mi padre, que primero trabajó como vendedor ambulante y luego puso una fuente de soda, con un socio. Posteriormente, mi madre y mi tía consiguieron trabajo como obreras en un taller de costura a máquina, y yo ingresé en el kindergarten de la "Escuela Pública Número 26" en La Habana Vieja. El recuerdo de aquella época todavía sigue vivo en mi memoria.

Luego de dar algunas vueltas, siempre en el área de La Habana Vieja, hacia 1935-1936 nos mudamos a una habitación interior en la calle Lamparilla entre Aguacate y Compostela. En los bajos de la casa de al lado, mi padre puso una fuente de soda, que atendía diariamente desde temprano en la mañana hasta bien entrada la noche. Mi madre trabajaba como operaria en una máquina de coser eléctrica y también mi tía, que formó parte del núcleo familiar hasta que se casó en 1937.

En la zona donde habitábamos convivían familias de limitados recursos, pequeños comerciantes, prostitutas, blancos, negros, chinos, españoles y cubanos. Supongo que en toda el área la única familia de ascendencia hebraica era la nuestra. No tardamos en hacernos de muchos amigos, algunos de los cuales solían venir de visita los domingos por la noche a conversar con mis padres y a tomar té con pan y mantequilla, pese a que en aquel tiempo el té no era nada popular en Cuba, salvo como bebida medicinal.

Tan pronto nos mudamos a la calle de Lamparilla, mis padres me pusieron en una escuelita de primeras letras que tenía en su apartamento, en una azotea de la propia calle, una señora llamada Teresa García. Con ella estudié hasta la preparatoria para el examen de ingreso a la Segunda Enseñanza. La recuerdo con verdadero cariño.

De niño, mi diversión favorita era oír cada noche los episodios radiales del detective chino Chan li-Po, creación de Félix B. Caignet, y cada tarde, a eso de las cinco, algunos otros, como los de "Sandokan, el tigre de la Malasia". Estos programas los iba yo a escuchar a casa de algún vecino que tuviera un receptor de radio de tubos electrónicos, porque en mi casa no lo hubo hasta 1945 o 1946, cuando pudimos comprar un receptor normal de mesa con el pequeño ingreso que me proporcionaron unas clases de repaso que di cuando cursaba yo el cuarto año del bachillerato. Antes, me había ido remediando a medias con un sencillo receptor de galena, con audífonos, que yo mismo había construido cuando tenía unos diez u once años de edad, asesorado por el hijo de un vecino relojero, que estudiaba en la Escuela de Artes y Oficios.

Con cierta frecuencia, mi padre iba a comprar víveres en la Bodega Europea de La Habana Vieja, incluida la matzá durante la celebración del Pesaj. Recuerdo con cierta nostalgia las ocasiones en que nos llevaba a almorzar en un restaurante situado en unos altos de la calle de Compostela, propiedad de una cooperativa judía, y sobre todo, la exquisita pastelería que se hacía en las panaderías de aquel barrio. De vez en cuando, se preparaba en casa algún plato típico, de los cuales mi preferido era la sopa de bolas de matzá.

En Cuba nunca arraigó el antisemitismo. Que yo recuerde, la única vez que se perfiló una amenaza seria de que se introdujera aquí ese veneno ocurrió entre los años '30 y '40, cuando se hicieron más agresivas las posiciones fascistoides en el mundo, que también tuvieron un reflejo en determinados círculos de nuestro país. Pero el intento se estrelló contra la oposición decidida de las personalidades y organizaciones progresistas de la época, que en agosto de 1939 –apenas unas semanas antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial– publicaron un manifiesto titulado "Defensa cubana contra el racismo antisemita".

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Mi Juventud

Mis padres –tengo que decirlo en su honor y con la mayor gratitud– no se interesaban para nada en acumular dinero, ni les molestaba demasiado vivir con estrechez y andar vestidos muy modestamente, aunque nunca con descuido de la alimentación; lo que sí les importaba mucho era que yo tuviera buena salud y recibiera una buena educación. Gracias a su total entrega, pude hacer con relativa comodidad las enseñanzas primaria, secundaria y universitaria.

Terminado el sexto grado, hice el ingreso al "Instituto Número 1 de Segunda Enseñanza de La Habana", situado a unas cuadras de donde vivíamos. Comencé en el año 1942 mis estudios de bachillerato, que simultaneaba con la asistencia a clases nocturnas en el "Centro Especial de Inglés No. 9". Por curiosa coincidencia, aquellas clases se daban en los locales de la misma escuela pública No. 26 que años antes me había acogido como alumno de kindergarten. En 1947 me gradué de Bachiller en Ciencias y en Letras, con el mejor expediente de mi promoción.

De adolescente, yo también tuve mi figura paradigmática, que era la de Einstein tanto por su deslumbrante genialidad científica, como por mi simpatía con sus posiciones filosóficas y éticas. Todavía conservo numerosos recortes de periódicos sobre él, que acumulé en las décadas de 1940 y 1950. Por entonces, ya casi nadie recordaba su fugaz tránsito por nuestro país en 1930. Creo haber sido uno de los primeros, si no el primero, que años después tuvo la oportunidad de sacar públicamente del olvido aquel episodio. Andando el tiempo, pensé que sería interesante divulgar sus detalles, sobre todo porque ponían en evidencia la sensibilidad de Einstein ante las serias desigualdades sociales que había advertido en la Cuba de entonces. El trabajo se publicó en 1993 en forma de folleto bilingüe –en español e inglés– con numerosas ilustraciones. Corrió tan buena suerte que fue reeditado en el año 2000 y está a punto de serlo este 2005. También ha sido reproducido en revistas cubanas y españolas, y se está procesando para publicación en Alemania y en Brasil.

En 1947 matriculé Ingeniería Eléctrica en la Universidad de La Habana. Aunque mi vocación era el estudio de la física, la carrera donde esta materia se abordaba con mayor amplitud presentaba serias limitaciones, de modo que, tras algunas vacilaciones, opté por seguir la sugerencia de un condiscípulo, cuyo interés era la matemática, pero que por las mismas razones había decidido matricular Ingeniería Eléctrica.

Tras el golpe de estado de Fulgencio Batista de marzo en 1952, al igual que la gran mayoría del estudiantado, aunque de manera muy modesta, tuve ocasión de participar en distintas actividades en repudio al régimen militar y en demanda del retorno a la legalidad constitucional. Por supuesto que aquel zarpazo trastornó el régimen de clases de la Universidad, sobre la que se cernía constantemente la amenaza de un cierre indefinido, como había ocurrido en 1930 y 1935. La defensa de mi tesis de grado tuvo lugar en febrero de 1953, en un aula cerrada y sin otra presencia que la mía y la de los tres miembros del tribunal examinador. Terminé con el mejor expediente de mi promoción, por lo que en octubre de 1953 la Facultad de Ingeniería me declaró alumno becado por el curso 1951-1952, condición que cada año se otorgaba a un solo graduado. Por entonces, me dedicaba a dar clases de repaso de diversas asignaturas a alumnos de 4to y 5to año de Ingeniería Eléctrica, actividad que había iniciado mientras trabajaba en mi tesis de grado. Daba mis clases en la sala-comedor del pequeño apartamento cercano a la Universidad, donde nos habíamos mudado en 1952. Por aquella época comenzamos a noviar la que hoy es mi esposa, Mercedes, y yo. Fue un amor a primera vista, que no ha hecho más que consolidarse con el paso de los años y las vicisitudes.

Luego de algunas averiguaciones, seleccioné una institución londinense para tomar allí, durante un año académico, distintos cursos de radio electrónica y telecomunicaciones. Con vistas a aprovechar de la manera más eficiente las limitadas posibilidades económicas que me daba la beca, me trasladé al Viejo Mundo en la "tercera general" de un barco de carga italiano habilitado principalmente para transportar pasajeros de escasos recursos económicos entre Europa y América Latina. Desembarqué en Génova a comienzos de julio, y a partir de allí aproveché la ocasión para efectuar una muy breve pero inolvidable visita a Roma y el Vaticano, Florencia, Como, Milán y París, de donde pasé a la ciudad francesa de Bourges –en el centro del país, con su imponente catedral y sus bellos jardines– para visitar al tío de mi madre, Isaac Remba, quien durante la ocupación alemana había logrado ocultarse y sobrevivir. Luego continué viaje y llegué a Londres unas semanas antes del comienzo del curso.

La estancia en Londres resultó muy provechosa para mi formación no sólo por los cursos de radio electrónica y telecomunicaciones que tomé allí, sino porque me dio la posibilidad de frecuentar bibliotecas importantes, donde me dediqué a revisar ávidamente colecciones completas de revistas especializadas no disponibles en nuestro país, visitar a mi gusto el Science Museum, la National Gallery, la Tate Gallery y el British Museum, asistir a representaciones teatrales shakesperianas en el Old Vic, a funciones de cine de arte, a inolvidables conciertos y ballets en el Royal Albert Hall y en el Covent Garden, a conferencias de divulgación científica de alto nivel en el Instituto de Ingenieros Electricistas y la Royal Institution, entre otros. Buena parte del poco dinero con que contaba lo invertí en adquirir fotocopias de artículos importantes, libros, e incluso algún instrumento de medición, los cuales traje de regreso a Cuba y luego resultaron de considerable provecho para mi trabajo. Aproveché también la oportunidad de mi estancia en Gran Bretaña para visitar a unos parientes que vivían en Liverpool y estar unos días con ellos.

A comienzos de septiembre de 1955 inicié mi viaje de regreso a Cuba, pasando por París, donde me alojé durante un par de meses en la Casa Cuba de la Ciudad Universitaria. Allí residían también en aquel tiempo otros cubanos, unos conocidos de antes y otros no. Fue una bella oportunidad para visitar el museo del Louvre, el de Arte Moderno, el museo Rodin y el Palais de la Découverte, entre otros, así como para disfrutar de funciones ofrecidas por el Theatre National Populaire, el Ballet Moiseyev y la Cinemathèque. De París me trasladé a Gotemburgo, para tomar allí un barco que se dirigiría directamente a mi país después de cargar bacalao en Noruega. Desembarqué en La Habana a mediados de diciembre de 1955.

Para ganarme la vida de inmediato me reintegré al oficio de impartir clases de repaso de asignaturas de 4to y 5to años de Ingeniería Eléctrica en mi apartamento cercano a la Universidad. En 1956 resulté electo miembro de la Junta Directiva Provincial de La Habana del Colegio Nacional de Ingenieros Electricistas y comencé a desempeñarme como editor-fundador de la revista Ingeniería Eléctrica, el órgano oficial de la institución. Por la misma época, había pasado a trabajar como ingeniero –el único, por cierto– en una pequeña compañía de refrigeración y aire acondicionado, cuyas utilidades se destinaban a apoyar el trabajo revolucionario clandestino contra la dictadura batistiana.

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No tan Joven pero…

Desde los primeros meses de 1959 hasta fines de 1961, trabajé en el Ministerio de Comunicaciones dirigiendo el Consejo Asesor de Telecomunicaciones, que posteriormente se denominó Sección de Ingeniería. Con unos pocos colegas y un número mayor de estudiantes de Ingeniería Eléctrica se integró en aquella dependencia un grupo muy entusiasta y dedicado, que contribuyó en gran medida a la realización de la revolución técnica de las comunicaciones que por aquellos años tuvo lugar en el Ministerio. Uno de los resultados de ella fue la creación de Radio Habana Cuba y el moderno servicio de radiocomunicaciones internacionales con que pudo contar el país a partir de entonces. Otro fue la automatización del servicio telegráfico nacional y la introducción del sistema télex.

Una de las principales dificultades con que tropezaba la puesta en práctica de la revolución técnica que acabo de mencionar era la falta de personal con la formación adecuada, puesto que en aquel tiempo los estudios universitarios no incluían la especialidad de electrónica y telecomunicaciones, materias que apenas se tocaban en la carrera de Ingeniería Eléctrica. Aunque sería injusto decir que el viejo plan de estudios de esta no era exigente, lo cierto es que, en general, no respondía a la ambiciosa perspectiva de rápido desarrollo científico y tecnológico que acababa de abrirse ante el país. En el verano de 1960 comencé a dar clases de electrónica y electrotecnia teórica en la Universidad de La Habana. Poco después fui designado miembro del Consejo Superior de Universidades, cuya misión era elaborar los fundamentos de la Ley de Reforma Universitaria que había de entrar en vigor en enero de 1962. Para acompañar al nuevo rector de la Universidad de La Habana –esa figura antológica de la intelectualidad cubana que era Juan Marinello– se me designó vicerrector, cargo que desempeñé durante un par de años, sin abandonar jamás mis funciones como profesor de Ingeniería Eléctrica, hasta fines de 1966, cuando pasé a integrarme a la nueva Academia de Ciencias como investigador.

En la Academia fui, durante quince años, director-fundador del Instituto de Investigación Técnica Fundamental, posición que desempeñé simultáneamente con la presidencia de la Comisión Nacional para la Investigación Espacial con Fines Pacíficos (hasta 1985) y, de 1976 a 1982, con una vicepresidencia de la Academia de Ciencias de Cuba. Durante dieciocho años, hasta 1995, tuve a mi cargo la Dirección de Ciencias Técnicas de la Comisión Nacional de Grados Científicos. No creo que valga la pena entrar en mayor detalle sobre estas actividades en las que participé. Baste decir que me acogí a la jubilación en 1991, y que me considero "jubilado", pero no "retirado", pues me mantengo bien ocupado en distintas actividades, que incluyen la realización de trabajos de investigación y la preparación de publicaciones, así como el desempeño de la presidencia de la Sociedad Cubana de Historia de la Ciencia y la Tecnología, cargo para el cual se me han reelegido varias veces desde 1993.

En lo personal, mi esposa Mercedes y yo tenemos la suerte de que nuestro único hijo, Ernesto, nos haya dado grandes satisfacciones en la vida, al igual que nuestra nieta Patricia, que aún no ha cumplido dos años de edad.

Aunque, como regla, no participo en las celebraciones religiosas de la Comunidad Hebrea, suelo asistir a las actividades culturales y celebraciones diversas que ella organiza e incluso he pronunciado alguna que otra conferencia en el Patronato. Pero lo que más me satisface es haber promovido, con el apoyo de su Presidente Dr. Miller, la publicación de un folleto donde se relatan de manera verdaderamente impresionante y aleccionadora los sufrimientos experimentados por Hella y Frank Roubicek, dos víctimas de la persecución antisemita nazi, que en 1995 visitaron nuestro país.

No era la primera vez que Hella había estado en Cuba porque, siendo una niña, había formado parte del grupo de novecientos treinta y cinco judíos que en 1939 habían llegado a la bahía de La Habana a bordo del vapor St. Louis, huyendo de la Alemania nazi. Pero era la primera vez que pisaba tierra cubana, porque, como se sabe, aunque el buque permaneció fondeado un tiempo en la bahía, no se les concedió a los viajeros el asilo que solicitaban.

Hella accedió a dar una charla en el Patronato sobre sus vivencias en aquel viaje terrible. Tras su relato, tomó la palabra su esposo, Frank, para hablar de sus propias experiencias como sobreviviente judío-checo de los campos de concentración nazis, donde había permanecido prisionero de 1941 a 1945.

Todo aquello fue tan conmovedor que con frecuencia se le anudaba la garganta al traductor. Cuando terminó Frank, me le acerqué para decirle que el relato de ambos me había causado una impresión profunda y que les quedaría muy agradecido si me enviaban una versión escrita de lo expuesto. Algún tiempo después recibí una versión muy fiel de lo que habían dicho aquí, tan bien redactada que me pareció digna de divulgarse más ampliamente entre nosotros. De inmediato me di a la tarea de traducirla, con la valiosa ayuda de nuestra compañera y amiga Lourdes Albo. Así traducidos, los textos correspondientes fueron recogidos en un folleto publicado en 1996 por la Casa de la Comunidad Hebrea, del cual pienso que valdría la pena hacer una segunda edición y quizás también publicarlo en inglés, como alguna vez sugirió el propio Dr. Miller.

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